In Nomine Dei
Conquista y repoblación del Maestrazgo
In Nomine Dei (En el nombre del Señor). Así comenzaban las “cartas puebla” otorgadas por las órdenes religioso-militares con la finalidad específica de repoblar los territorios conquistados a los musulmanes, favoreciendo así el asentamiento de núcleos de población en las zonas fronterizas. Son por tanto un fenómeno típico de la llamada “Reconquista” y el instrumento jurídico de la repoblación. Son en definitiva privilegios breves, documentos de derecho público y carácter contractual mediante los cuales el señor de un territorio fijaba las condiciones y normas a las que se han de ajustar los pobladores que allí se establezcan.
La Carta siempre comienza con una invocación a la divinidad para continuar haciendo público conocimiento de su contenido, seguido de los nombres y las dignidades de los otorgantes, encabezados por la jerarquía más alta. A continuación suele aparece una relación nominal de los vecinos, a los que se hace la concesión de tierras y bienes y en que condiciones en representación de los actuales y futuros pobladores; con ello se reconoce el carácter colectivo de la comunidad.
A finales del s.XII, la Península Ibérica se hallaba inmersa en numerosos e intensos conflictos territoriales entre los diversos reinos que la poblaban, circunstancia esta que será una constante a lo largo de nuestra historia. Las alianzas políticas y los enfrentamientos entre los distintos reinos peninsulares, tanto cristianos como musulmanes, fluctuaban en razón de intereses estratégicos fronterizos. Nos encontramos, a su vez, en la etapa central de expansión territorial que los reinos hispanos del norte llevan a cabo a costa del dominio musulmán, proceso que culminará con su expulsión definitiva de la Península y que la historiografía española ha dado en llamar “Reconquista”. En definitiva, la guerra contra el Islam va a configurar en gran medida la estructura socioeconómica de la España medieval, de la cual somos herederos; siendo el estamento nobiliario el mayor beneficiario de la conquista.
En Aragón, el ámbito geográfico, merced a las conquistas de Alfonso II y de Pedro II, se configura prácticamente como la unidad política autonómica que hoy conocemos y en especial la provincia de Teruel adquiere su fisonomía actual. Territorialmente hablando, parece ser que al menos una parte de lo que hoy conocemos como Maestrazgo Turolense, perteneció hasta principios del s. XII al reino taifa de la Sahla, cuyo centro político era Albarracín, en manos de la poderosa familia de los Beni-Razín. Hacia finales del s. XI, las mesnadas del Cid ya cabalgaron y batallaron por la comarca, como así nos lo indican algunos topónimos del lugar: “Cabezo de la calzada del Cid”. Posteriormente es Alfonso I el Batallador, alrededor de 1117, quien ocupa la zona para después perderla a manos de los almorávides. Las segundas taifas (1145) darán origen al reino independiente de Valencia, reino que acaudillado por Ibn Mardanix (el Rey Lobo) va a perdurar por largos años como fronterizo de Aragón y Castilla, siendo tributario de ambos hasta su muerte en 1172, para pasar después a incorporarse al extenso imperio almohade.
Sin embargo, en estos territorios el dominio musulmán fue más nominal que real, pues Alfonso II tras la conquista de Teruel en 1171, realizó repetidas incursiones por estas tierras, devastándolas y convirtiéndolas en un desierto estratégico que actuaba como frontera, máxime cuando el reino de Valencia dejó de pagar sus parias. El repliegue de los musulmanes hacia levante deja estos territorios yermos y probablemente vacíos, pasando a ser tierra de nadie durante un largo periodo de tiempo. A pesar de todo, la ocupación islámica, dejará una abundante huella en la toponimia de la zona y son numerosos los hallazgos arqueológicos que testimonian una importante e intensa ocupación, como lo demuestra la compleja red de riego con numerosas presas, azudes, acequias, acueductos etc.; certificada además por las fuentes cristianas.
Ante el serio peligro que supone la nueva invasión almohade, agudizado tras la grave derrota que sufren los castellanos de Alfonso VIII en la batalla de Alarcos (1195), Aragón, como otros reinos, deciden guarnecer sus fronteras con el Islam con la instalación en ellas de tropas permanentes a cargo de las órdenes religioso-militares. Destacamentos aguerridos y disciplinados que frenen las constantes incursiones y razzias que los moros realizaban frontera adentro, a la vez que, consoliden y repueblen estos territorios. De hecho, estas órdenes militares, en especial Hospitalarios y Templarios, jugarán un decisivo papel en el control de la frontera, tanto como baluartes defensivos y como vanguardia de nuevas conquistas hacia el sur.
En Aragón, las órdenes religioso-militares fueron los “brazos de hierro” en los que se apoyaban los monarcas aragoneses. Los caballeros, convertidos en monjes-soldados, conquistaban territorios y los monarcas compensaban tal hazaña con privilegios y donaciones. Las milicias de los Hospitalarios y sobre todo de los Templarios fueron las tropas de élite de las cruzadas, y su influencia no decayó hasta que no se perdió Jerusalén tras la batalla de Hattin (1187), victoria en la que Saladino destruyó la casi totalidad de las fuerzas cristianas, formadas principalmente por contingentes Hospitalarios y Templarios, arrebatándoles la Vera Cruz
, su más preciada reliquia y capturando a los principales caudillos (el rey de Jerusalén Guido de Lusignan, Reinaldo de Châtillon, Balduino de Ibelin) y a los grandes maestres de la Orden del Temple
y del Hospital
, etc., descabezando a un gran número de los caballeros de las órdenes religiosas que rehusaron convertirse al Islam (cerca de 230), la flor y nata de los caballeros franceses.
En “las Extremaduras”, nombre con el que se conocía entonces a los desiertos macizos turolenses, la situación demográfica era extremadamente deficitaria. Por sus características orográficas tan agrestes, con abundantes y cerrados bosques de difícil tránsito, eran territorios tradicionalmente poco poblados; hecho que dificultó su repoblación, llevada a cabo en general mediante desplazamiento de colonos del norte hacia esta línea fronteriza. A ello hay que sumarle la actividad del bandolerismo, que hizo de estas zonas montañosas su refugio ideal.
Es en este contexto histórico donde se sitúa la “repoblación” de los territorios del Maestrazgo. Existe un primer documento de concesión de este territorio a la “Orden del Santo Redentor” otorgado por Alfonso II fechado en 1.194. a nombre de su prepósito frey Gascón de Castellot; en él se habla de tierras deshabitadas y se indica expresamente que fuese poblado al amparo de ciertos privilegios reales y se otorguen fueros a sus pobladores. Por circunstancias que desconocemos no se llevó a cabo el poblamiento ni se extendió fuero alguno. Posiblemente tuvieron que ver en ello las disensiones internas de la orden, que a pesar de su origen hispano (Monfragüe, Montegaudio) llegó a contar con mayoría de miembros extranjeros. Al parecer fueron estos freires, procedentes de Italia, los que propiciaron la fusión con los templarios. La indisciplina y la falta de unidad que cundió entre sus filas provocaron su rápido deterioro, incapacitándola para defender una zona fronteriza y conservar sus posesiones.Dos años más tarde, en 1196, reunidos en Capítulo General y siendo maestre fray Telmo de Luca, previo consentimiento del rey (¿), la Orden turolense se disuelve e integra en la poderosa Orden del Temple a la que pasan todos sus derechos, bienes y pertenencias. En el documento de cesión fechado el 29 de abril de 1196 se relacionan los templos, castillos y villas, cuya posesión les será confirmada por el rey Pedro II “el católico” y por el Papa Celestino III. Por las fechas en que nos movemos, es muy probable que los Templarios aprovecharan la convocatoria de las cortes en Daroca en septiembre de ese año, para requerir del nuevo rey la ratificación, entre otros, del documento otorgado por su padre Alfonso II “el casto” (+ 25-IV-1196) a la orden de San Redentor y que por derecho les pertenecía; confirmación que consta en el mismo con su signo.
Los Templarios sí van a repoblar y consolidar estos territorios, extendiendo su dominio a todo lo que es hoy el límite con la provincia de Castellón. Además de poblar inicialmente Villarluengo, se apoderan en un primer impulso de la Cañada de Benatanduz, Cantavieja, La Iglesuela del Cid…, siendo su establecimiento decisivo en el devenir histórico de estas poblaciones que se desarrollarán al amparo de las órdenes militares hasta el s. XIX. Concretamente la Baylía de Cantavieja, pasará, desaparecido el Temple, a la dominicatura de los Sanjuanistas y no cesará hasta el año 1812 en que la primera constitución liberal puso fin a los señoríos eclesiásticos y posteriormente la desamortización a sus bienes. Conviene destacar la rivalidad existente entre Hospitalarios y Templarios, que debió llevar a éstos últimos a confabular de cara a conseguir instalarse en esta zona que los colocaba en situación ventajosa respecto a ulteriores conquistas hacia Levante. No olvidemos que los Sanjuanistas se hallaban instalados hacia tiempo en la encomienda de Aliaga que se extendía hasta Pitarque.
A principios de 1310, la Inquisición, bajo tutela de los obispos de Valencia y Aragón, montó en Lérida un proceso contra los templarios; pero pesar de sufrir escarnio y penalidades en su cautiverio, como las leyes del reino prohibían la tortura, ni uno solo de los caballeros interrogados admitió las acusaciones que se les imputaban, tachándolas de falsas y calumniosas. Finalmente, el 4 de noviembre del año 1312 se celebró en Tarragona un Concilio General Provincial, en el cual los templarios de la Corona fueron absueltos, declarados por unanimidad inocentes y libres de toda culpa y en consecuencia puestos en libertad e indemnizados y hasta se les permitió seguir viviendo en las casas de comanda, por entonces ya propiedad de los hospitalarios. Pero el problema no fue resuelto del todo hasta tres años más tarde en que el rey de Aragón acordó con el sucesor de Clemente V, Juan XXII, la incorporación de los ex-templarios que lo deseasen a la nueva Orden de Montesa, fundada según la regla cisterciense, y que en el Reino de Valencia recibiría los bienes del Temple y del Hospital, mientras que las posesiones templarias en Aragón y Cataluña se entregaron a los Sanjuanistas. En junio de 1317 el Gran Castellán de los caballeros hospitalarios residente en Amposta, frey Martín Pérez d’Orón, se hizo cargo, entre otras, de las baylías de Cantavieja, castellote y Aliaga y puso en cada una de ella a un Bayle o Comendador para que las administrase en su nombre, a la vez que confirma los privilegios que antaño los Maestres del Temple les habían concedido. El dominio hospitalario perduró unos 500 años más, hasta 1812 en que fue abolida la Orden, como todos los Señoríos, por las Cortes de Cádiz, aunque en realidad persistió algunos años más, prácticamente hasta el fin de las guerras carlistas.
En la actualidad nos encontramos de nuevo con el problema de la repoblación en el Maestrazgo, evidentemente es otra historia. Las circunstancias derivadas del lamentable panorama socioeconómico de la posguerra y el posterior desarrollismo incontrolado, a pesar de los “Planes de Desarrollo” del Régimen franquista, forzaron al abandono masivo del medio rural convirtiendo gran parte del interior de Aragón en casi un desierto humano. Sus ya de por si pequeños núcleos poblacionales sufrieron la sangría que alimentaba el flujo de la emigración interior de mano de obra hacia las zonas industriales y grandes ciudades, sobre todo del litoral, proceso que se consumó entre finales de los años 50 y los 70, en el que muchísimas aldeas y masías cerraron las puertas y sus habitantes marcharon para en muchos casos nunca más volver. Sin embargo, algunos pueblos de la Comarca lograron sobrevivir airosamente a unos tiempos difíciles en los que, o todo se transformaba y removía hasta los cimientos o bien sufría la lenta agonía del éxodo y la decadencia. Hecho que les permitió mantener en cierta manera su peculiar idiosincrasia y el legado arquitectónico y cultural que desde siglos portaban, hasta nuestros días.
Es evidente que el déficit demográfico constituye hoy el problema más grave y acuciante de la Comarca del Maestrazgo, y ante este hecho incontrovertible, es lamentable ver como por parte de las autoridades no se hacen todos los esfuerzos necesarios encaminados a generar las condiciones precisas para incrementar su desarrollo, a fin de conseguir atraer y fijar población, fundamentalmente de la inmigración. Está claro que la opción de futuro para estas duras tierras pasa por el desarrollo de proyectos innovadores y pioneros en servicios y actividades que dinamicen la economía y la vida en estas zonas rurales tan deprimidas y despobladas; eso sí, siempre con respeto y protección del medio natural, con criterios de sostenibilidad y la puesta en valor de toda su riqueza patrimonial. Y especialmente reconociéndoles el derecho a sobrevivir y no dejarlas morir de inanición; pero a condición de no sufrir la necesidad de una completa aculturación urbana, que nos haga perder definitivamente nuestras raíces.























